lunes, 31 de octubre de 2011

¡ESTO ES LA MARA JOMITOS!








¡Esto es la mara jomitos! es el nuevo tìtulo del libro El mundo es un puñado de polvo, en su tercera edición. El cambio de título se debe a una consulta directa con una muestra de ciudadanos hondureños, urbanos, de distintas ciudades a quiénes se les abordó para conocer su interés en la publicación de la novela y a la vez, sus propuestas de sugerencias para el título. 
Al final resultó un título más directo y más ilustrativo del propio imaginario de la comunidad urbana.

En ¡Esto es la mara jomitos! Jorge Martínez Mejía, el autor, se ha sumergido en el mundo de los jóvenes que viven en la mara. Ha visitado y desmontado los códigos de su comunicación para construir un universo similar. El autor se esfuerza por mostrarnos a sus jóvenes personajes circunscritos a un espacio y a un momento concreto en la historia contemporánea de Honduras. Una colección de vivencias violentas de seres sumergidos, atrapados en su microhistoria, a la manera de un enjambre de moléculas que se entrechocan y mueren en el afán de encontrar caminos que únicamente les lleva a la muerte. En el lenguaje está la vida, la vivencia, la experiencia confusa de la vida. En cada ramalazo de imágenes se pone de manifiesto un fragmento de vida que fue real, histórica, sangre común y corriente que brilló y se apagó en un abrir y cerrar de ojos. No es un exceso de realidad, ni un afán desnaturalizado por revivir la anécdota o esta dramática historia de la juventud hondureña. Solo es que esto es la mara, uno de los testimonios más inquietantes de la literatura hondureña de los últimos tiempos.

domingo, 16 de octubre de 2011

EL MUNDO ES UN PUÑADO DE POLVO EN ESTADOS UNIDOS

¡¡¡Ya tengo lo que quería jejejjejejjeje!!!!



En los Estados Unidos reportan la lectura de El mundo es un puñado de polvo, Edgar Alexis Castro, Carolina Rivera y otros amigos de las letras hondureñas...

Gracias estimados y queridos míos...


Un abrazo de JMM

sábado, 8 de octubre de 2011

¡Esto es la mara jomitos! en Tegucigalpa








La primera edición del libro El mundo es un puñado de polvo, ahora ¡Esto es la mara jomitos!, en la primera presentación en el salón principal del Centro de Cultura Española en Tegucigalpa (CCET) se llevó a cabo la presentación de El mundo es un puñado de polvo, del escritor hondureño Jorge Martínez Mejía. Ante un auditorio de al meno 70 personas, el autor presentó a sus acompañantes, el sociólogo Sergio Bahr y a la escritora Jéssica Sánchez quienes mostraron la obra desde diferentes enfoques. 

El local, uno de los mejor acondicionados de la ciudad capital, albergaba una magnífica exposición de arte grafiti que permitía un marco visual urbano muy adecuado para la obra en mención. Jorge Martínez Mejía leyó algunos de los capítulos de su novela después de presentada por Bahr y Sánchez. Los textos fueron aplaudidos por el auditorio y dieron paso a un interactivo conversatorio que se orientó particularmente a las implicaciones sociales de la obra, su calidad literaria y la necesidad de proyectar la vida urbana en el arte contemporáneo de Honduras.

Al evento se hicieron presentes algunos escritores reconocidos como José Luis Quesada, Nelson Echenique, Juan Carlos Caffoll, Divina Alvarenga, Karen Valladares y Natalie Roque.

El evento fue cubierto por algunos medios de televisión, radio y prensa.

A continuación algunas gráficas de la autoría de Karen Valladares. 

martes, 27 de septiembre de 2011

¡Esto es la mara jomitos!










Por Anarella Vélez



Jorge Martínez Mejía, poeta y promotor cultural, nos sorprende nuevamente con la publicación de su primera  novela  ¡Esto es la mara jomitos!  El  narrador desarrolla su obra moviéndose  entre  las grandes corrientes de la literatura realista,   social urbana y el  realismo sucio,   consiguiendo  retratar, sin concesiones,   el fenómeno de las pandillas y las maras en Honduras.

La opción estética de Martínez Mejía  para desarrollar su propuesta narrativa le permitió abordar la marginalidad social, la fatalidad, las vidas que se viven fuera del sistema.  Personajes desintegrados socialmente pero con un sentido de pertenencia al grupo del que forman parte y con el que se identifican hasta la muerte.

Relato ético-estético en el que los elementos se configuran con la única ética posible, aquella de quiénes  han sido degradados por la sociedad (En La caída: “Vos te apartás del presupuesto nacional, te hacés a un lado, pero siempre te tragan, sos un delicado bocadillo rosa, una minúscula campana avivando la fiesta, un polvillo suave y negro cayendo en la mesa blanca del canciller que navega en la nube de la fraternité. ”).

En esta narrativa los elementos van configurándose como en la realidad misma, aparentemente inconexa, artificialmente caótica. Ahí se va hilando finamente el mundo devastado y hostil en el que viven los jóvenes que se agregan a las maras. Quedan retratadas las raíces rurales de muchos de sus integrantes (Mamombella, el origen del Payaso) los profundos lazos con las madres y las abuelas, pues en esas relaciones signadas por el patriarcado, el padre está ausente.

El Payaso nos relata, en primera persona, sus recuerdos infantiles y adolescentes. Sus relaciones familiares y el modo en que estas le signan. De su padre tiene  presente cómo le surgió el odio por el abandono y a quien culpa por la enfermedad y muerte de su madre. Él es el artífice de las desgracias de su  única y verdadera familia,  su madre y su abuela.

Sin duda Martínez logra recrear los imaginarios de las/os jóvenes que habitan los barrios marginales, óptimo caldo de cultivo para la conformación de las maras y pandillas. La mayoría de sus miembras/os provienen de ese medio natural,   del ámbito rural, con una geografía sin fronteras,  de calmados contrastes, en el que imperan  tradiciones y estructuras sociales más sólidas y  en el que los cambios no son  rápidos ni profundos y en donde los valores permanecen inmutables.

Las dificultades del tránsito del campo a la ciudad está narrado sin artificios, con ternura y poesía. Pone en el escenario las inciertas estructuras urbanas, sus discontinuidades,  el nuevo espacio arquitectónico que impone  conductas antes desconocidas y que reproducen la alteración en las relaciones interpersonales y con el nuevo medio ambiente.   Estímulos nuevos que le imponen un dinamismo diferente a la vida.

Poco a poco van apareciendo nuevos personajes con una visión diferente del mundo,  en el espacio urbano cambia su destino y se enfrenta permanentemente a la aventura.  Sin aquiescencias de ninguna índole  aborda las asperezas de la vida, ante la violencia desatada en el ambiente cotidiano de las maras.

La particular atención del autor a  la marginación de los empobrecidos, el abuso de poder,  las diferencias de clase, y la injusticia le dan fuerza al relato.  Ante cada nuevo capítulo nos ataca la incertidumbre, la inevitable sensación de estar de  cara a  una aventura. Sin duda el lector se encuentra  ante una de las novelas de carácter social mejor logradas,  tanto   por  su técnica como por  el tratamiento del tiempo y  sus intenciones. Enhorabuena Jorge Martínez Mejía, buenos tiempos para la creación en nuestra Hibueras.


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domingo, 4 de septiembre de 2011

¡Esto es la mara jomitos!: dos capítulos en Diario Tiempo





Por: Giovanni Rodríguez





Eso que suele decirse de que Honduras es un país de novela sin novelistas parece haber empezado a cambiar. La novela “ ¡Esto es la mara jomitos!” de Jorge Martínez Mejía, de la que a continuación presentamos dos capítulos, aborda el tema de las “maras” en Honduras desde la perspectiva de unos muchachos que están en el centro de ese mundo lleno de violencia y miedo. Publicada recientemente por la editorial Grado Cero, esta novela propone una lectura diferente acerca de este grupo social.



EL ASALTO 

El asalto lo hice en una joyería. Sólo estaba una señora, ya vieja la ruca, y un niño como de cuatro años. Íbamos tres bróderes, todos tranquilos y tumbados los tres bróderes.

 Acababan de abrir el negocio, una casa de empeños. Los bróderes sabían que la ruca tenía plata, pues, ya la habían guachado a la ruca, aunque los bróderes decían que la ruca casi no salía, pero que sí tenía plata. Sólo dejamos pasar un poquito el tiempo y entramos con el pase de comprar un fresco, pero ya sabíamos a qué íbamos.

La ruca no quiso soltar las cosas de entrada. Cuando sacamos los mazos sólo era cagazón, pero juraba que no tenía nada. El Payaso y los bróderes se quedaron con ella y yo me metí adentro del cuarto grande. Ahí fue que vi al cholito envuelto en unas cobijas y lo agarré y se lo llevé a la vieja para que soltara las prendas.

Entonces le metí la pistola en la boca al güirro y la ruca cagada, llorando, ¡Aquí no hay nada! –Decía-, pero güevos, los bróderes no se equivocaban. Entonces tiramos a la ruca al suelo y un broder le tuvo que poner el mazo en la cabeza para que se calmara. Hicimos el cateo: Diez libras de oro, seis mil bolas en billetes de quinientos, cuatro pistolas y otras pendejadas que nos metimos en las bolsas.

Afuera nos esperaba un carro que los bróderes habían dicho que lleváramos, era un carro blanco, turismito el carrito, bien bélico con una bazuca de ocho pulgadas, niquelada la bazuca y unos pijas de parlantes que le zumbaban. Nos fuimos con los bróderes cuando se nos atravesó un carro.

El Payaso se bajó del carro y les hizo varios pijazos, entonces yo me saqué el mazo que llevaba, me salí del carro y me fui directo para el carro que nos atravesaron y les descargué todo el cargador, los rusié a tiros, volaron los pedazos del vidrio.

Yo no sé si esos bróderes que iban en el carro murieron, yo sólo les descargué la pistola y nos fuimos. Antes, los otros dos vatos se habían ido y cuando escucharon los tiros creyeron que era a nosotros que nos habían tiroteado. Íbamos alegres porque íbamos minados con las cuatro pistolas y las diez libras de oro. La onda fue en Río Lindo.

Los vatos de la pandilla tenían ese trance, pero ellos no lo podían hacer porque la gente los conocía, por eso nos llamaron para que nosotros les hiciéramos el paro, por eso los bróderes nos pidieron a nosotros que fuéramos. La mitad para la pandilla y la mitad para nosotros.

A cada uno nos dieron diez mil bolas y un arma y anduvimos tirando barrio un buen rato en Cabañas porque con esos bróderes ya sabíamos que todo paro nos traía buena onda. El güirrito que te digo ni se despertó, dormido se quedó, a saber con qué putas estaba soñando, pero la ruca sí estaba cagada.



EL CUERPO


El cuerpo sin vida del Payaso, al igual que cientos de cuerpos de jóvenes durante estos años, estaba tirado en la calle. Similar a otro muerto. Ninguna inquietud despertó en nadie. Estuvo tirado cerca de un charco en el extremo oeste de la colonia Rivera, en la vuelta de la calle principal, cerca de la escuela. Algunos niños que regresaban de la escuela miraban el cadáver del Payaso sin darle ninguna importancia, pasaban de lado, apenas viendo de reojo.


Cerca de treinta minutos muerto y nadie venía a tirar una lágrima ni a preguntar nada. Tenía aproximadamente unos veinticuatro años, de tez trigueña y quizás entre un metro con sesenta y cuatro centímetros de estatura. Uno de los zapatos estaba cerca de la cabeza detrás de la cual se miraba una mancha oscura de sangre.

El dorso del cuerpo estaba semidesnudo y de la tetilla manaba un grueso hilo de sangre empozado por la parte baja del pecho. El reloj de plástico aún estaba en el puño marcando un  tiempo perdido, siguiendo un curso impreciso pero inexorable.

Algunos gritos se oían, quizás venían desde el billar en donde en innumerables ocasiones el Payaso, vivo aún, jugaba deleitando a sus aleros con sus ocurrencias. Las mismas calles calladas y ciegas que lo vieron llegar hacía diez años ahora lo despedían de la misma manera, sin mirarlo y sin decirle ni una sola palabra. Ninguna señal, ningún extraño vecino quiso complicarse la vida preguntando nada sobre aquel cadáver.

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EL AUTOR

Jorge Martínez Mejía (Las Vegas, Santa Bárbara, 1964) dirige la editorial Grado Cero y edita la revista Metáfora. Ha publicado los libros de poesía “Papiro” (2004) y “Las causas perdidas” (2010). “ ¡Esto es la mara jomitos!” es su primera novela.


sábado, 27 de agosto de 2011

Capítulo VI de ¡Esto es la mara jomitos!: LOS JOMIS




VI

Los Jomis
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Yo sigo en esto, jomi, yo sigo porque los bróderes son la neta. La familia, jomi, la familia. Este tatú que mira es del mero Los Ángeles. Aquí me lo hizo el Chaparro, y este tatú es la vida y la muerte. Yo estoy con el barrio, jomi, porque el barrio es la neta. Cuando el Chaparro vino de LOS…lo primero que me dijo es que el Barrio es la family, la neta, la vida…Yo no sabía lo que era un tatú, pero el broder estaba forrado. Y el men sí sabe qué onda. Dijo que andaba de paso en LOS…y cuando llegó el broder no hubo falla, al broder le di la cama, el bajoncito, bueno, me porté a la altura con el jomi. El broder me dio clecha y me alivianó. El Chaparro era derecho, jomi. Cuando las cosas no eran claras, el jomi decía: hay que averiguar. Nada de darle luz verde a nadie así porque sí. Otra cosa, el Barrio tiene negocios, y negocios son negocios. Si queremos que el barrio sea fuerte hay que respetar al que anda derecho. Negocios son negocios. Pero en el barrio el que anda derecho, es presa de los que andan izquierdo. De los que quieren el liderazgo a costa de todo. No les importa quebrarse a un buen guerrero, a un soldado firme del barrio. Cuando el Chaparro me llevó a que me hicieran el tatú “LAS” en el cuello, yo sabía que estaba siendo brincado con los meros jomis de Los Ángeles, y el respeto de los Soldados de Los Ángeles es en vida y en muerte. El Chaparro también me brincó en los segundos de muerte, dolor y vida en el barrio. El Chaparro escribió estas letras para siempre, este placazo yo se lo dediqué al Chaparro, al Chaparrón Bonaparte. Me acuerdo cuando llegamos al penal de San Pedro para poner en orden al barrio. El Chaparro había dicho en el midi de Los Ángeles que el barrio andaba fuera de onda en Honduras y que había que ordenar los asuntos. Llegamos bien formales con un buen cuento. Ni el Chaparro ni yo teníamos tatús en el rostro. Me había dicho que el rostro es sagrado, que el barrio se lleva en la sangre, que cuando un jomi es de cora piensa en el futuro del barrio, se cuida el rostro. El jomi era derecho en todo. Llegamos con buena maleta, en una buena ranfla, de lujo, con luzón. La idea era poner en orden al Veneno que andaba fuera de onda y leerle la güila para darle una lección al barrio. Nos presentamos como bróderes del Zorrito, del Bazuca y del Sicario. Fue un día domingo. Llegamos a las nueve de la mañana. Los jomis estaban esperando el midi como agua de mayo. Chavalitos nuevos, tinteados con la placa del barrio, ansiosos de saber qué onda, todos atentos. Nos acompañaba esa vez el Sniper, un jomi guanaco de miedo, serio y callado. Sólo hacía lo que Chaparro le decía. Cuando llegamos, el Chaparro andaba con su gorra blanca, su pantalón azul nuevo, su camisa formal, su cincho corto, su reloj Rolex y sus zapatos de amarrar recién comprados. Antes de entrar nos había dicho: -Que aprendan las reglas del barrio, desde el brinco, hasta el chequeo de los meros jomis.
Sacó su cigarro negro, como de ocho pulgadas…los chúntaros y los jomitos estaban atentos a todo, sudando desde más o menos una hora y el Chaparro sólo se paseaba de un lado a otro en el recinto de los pandilleros. Antes de ponerse el cigarro en la boca llamó al Veneno para que dijera qué pasaba con la feria del barrio. El Veneno sabía que estaba en la última, pero por respeto al barrio y con orgullo se levantó. Era un tipo ya entrado en años, como unos treinta y cinco, bajito, delgado, con ojos como de gallo. El Chaparro le dijo al Sniper que leyera la güila. Una sola cosa decía: Honduras no sabe las reglas y tiene que aprenderlas, para eso van los jomis Chaparro, Sniper y Placa. MS L.A.S.

¡Y esto es la mara! ¡Que vengan unos perros que no conocés para que te manden al infierno! Un hombre que quiere vivir va a ser cortado en pedazos delante de sus hermanitos. Estoy en el infierno, siempre he vivido aquí. ¿Quién es el Chaparro, el Sniper, el Placa? Yo soy el infierno. Esto es una misa. Me levanto como una mujer muerta estoy siendo enterrado. Un hombre muere con orgullo. Muere. Mi muerte se realiza hoy ¡Pobre muerto soy ahora! El infierno es para los que mueren y la gloria es para los que matan. Yo caigo hoy porque he vivido en la onda de mi onda. Estoy muerto. Aquí voy Chaparro. Viniste de LOS para esto porque la mara te mandó. Yo soy la mara. Yo soy quien te manda a que me matés. Pero la mara no mata a los muertos. Morir en la mara es vivir, la muerte no toca a los que mueren en manos de la mara.

-¿Qué murmurás perro? Y el primer golpe del Sniper levantó al Veneno como a metro y medio del suelo. El Chaparro encendió su cigarro. Yo sabía que el Veneno no debía caer al suelo hasta que el Chaparro se fumara su cigarro negro de ocho pulgadas y  me le fui con todo al Veneno antes de que cayera al suelo. Una patada en mitad del estómago lo levantó. Los jomitos miraron una lección de chequeo, ni el Sniper ni yo dejamos caer al Veneno por lo menos durante dos horas. Cuando el Chaparro metió el cabo del cigarro debajo de sus Florshein, el Veneno era una masa roja vestida con pantalón y camisa.
Esto es la mara jomitos.  Y  esta es la ley, dijo el Chaparro. El Sniper y yo estábamos casi muertos como el Veneno.  Más tarde los pedazos del Veneno fueron metidos en una bolsa y enterrados en el patio del Penal. Como nadie sabe la placa original de ningún vato y a la jura le sopla lo que pasa con la mara…

jueves, 28 de julio de 2011

LA CAIDA



La caída, ilustración de portada




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domingo, 24 de julio de 2011

Tres ilustraciones de la novela ¡Esto es la mara jomitos!

Ilustraciones por Jorge Martínez Mejía





El espacio finito que se llama novela en ¡Esto es la mara jomitos!


A MANERA DE PRÓLOGO

Por Sonofelet Bergua de la Vega


Escribir es darle vida en las letras a una experiencia vivida, es imponer un orden, crear un orden, construir un universo a partir de los materiales que el escritor encuentra en su camino. La literatura no es la vida, es lo vivido y lo no vivido. La materia con la que se construye la vida es la vida misma; la literatura se alimenta de esa materia, pero no llega a ser vida más que como percepción, lectura, composición arbitraria, reflejo. Sin embargo, en la obra literaria opera, como una metáfora, el mismo caos imperceptible de la vida. Todos los caminos inconclusos en la obra, la lectura imposible, son la obra inexistente. En la vida misma estos caminos han sido andados por los personajes y su paso final lo constituye una balada filosófica, existencial. Un devenir concretizado, material y tangible, historizable, percibido por la infinidad de personajes que circulan en derredor de sí mismos.  Los protagónicos, los seres que captan la atención prioritaria en la obra son hijos de la elección arbitraria del autor.

La obra no sólo emula la vida, sino que es vida en tanto percepción de la vida, discurso inmerso en otro discurso, devenir de la vida en tanto devenir perpetuo. Pero se detiene, cifra un momento abierto, produce un agujero en el lienzo del discurso. El hombre capta su esencia básica de perceptor de sí mismo en la lectura de la obra, es decir, en la escritura. La arbitrariedad de ser hombre, pavesa o ceniza, átomo ebrio en el espacio, toda posibilidad volátil termina al detener el devenir en el tiempo de la obra. Cada autor escribe desde una terraza, desde una enorme plataforma en la que comunica su espacio. Romper los límites de las terrazas, abrazar más lejos con las palabras, ir al destino en que todo se funde, a los canales, a los vasos comunicantes, a los intersticios imprevistos, a los recovecos de la imaginación, a los personajes no existentes, a los sitios donde los personajes son arbitrariedad pura, lo mismo que animal, molécula o danza espacial; en fin, ir más allá de la percepción de la vida, de la finalidad en la literatura es el reto de todo buen escritor (“deconstrucción” según Deleuze). Por ello la literatura también es devenir, lo no vivido. Dar vida a lo vivido y a lo no vivido.

En  ¡Esto es la mara jomitos!, el autor se ha sumergido en los personajes para entresacar de sus vivencias un orden aparente y caótico que únicamente emula los fragmentos de sus vidas. Ha visitado y desmontado los códigos de su comunicación con su propia experiencia para volver a construir un universo similar, es decir, distinto e idéntico al caos de la vida. El autor se esfuerza por mostrarnos a sus jóvenes personajes circunscritos a un espacio y a un momento concreto en la historia contemporánea de Honduras. Una colección de vivencias violentas de seres sumergidos, atrapados en su microhistoria, a la manera de un enjambre de moléculas que se entrechocan y mueren en el afán de encontrar caminos que únicamente les lleva a un devenir mortal.

No hay certeza en ninguna de las salidas, no hay manera de escapar al cruce de dos adjetivos simultáneos, de un verbo violento atacando a un sustantivo. En el lenguaje está la vida, la vivencia, la experiencia caótica de la vida. En cada ramalazo de imágenes se pone de manifiesto un fragmento de vida que fue real, histórica, sangre común y corriente que brilló y se apagó en un abrir y cerrar de ojos. No es un exceso de realidad ni un afán desnaturalizado por revivir la historia ni la anécdota de los jóvenes de finales del siglo XX en Honduras. Tampoco es una proyección interesada hacia lo social, es decir, inclinada hacia una visión  sociológica. Tampoco es el relato de un recuerdo, de una aventura en un safari por las franjas de la marginalidad juvenil hondureña. Esto es literatura, deconstrucción y construcción de un mundo sostenido en el lenguaje.

El autor ha recuperado su experiencia con los personajes y la ha vertido en este frasco llamado  ¡Esto es la mara jomitos!, que fue escrito en la experiencia misma como un juego de registro vivencial. Posteriormente el autor quedó solo y continuó escribiendo, tratando de darle algún sentido a la trama, sin lograrlo más que como el mismo juego de la vida, roto el sentido lineal de la historia, porque el devenir de la vida ni es histórico ni es lineal, sino caótico, arbitrario, sin eje central y sin polos definitivos.  

Alguna vez se le escuchó decir a Jorge Martínez Mejía, el autor, en una de sus incursiones en esta novela, «Todos moriremos, pero de nosotros quedará lo que rescatemos para la vida». «Jorgito, nos están matando papaíto. Estamos hablando de muerte, no de vida», respondió uno de los jóvenes desde el fondo. Este intercambio verbal entre el autor y sus personajes tiene implicaciones verdaderamente extraordinarias. Primero porque lo que para el autor es vida, para el personaje es muerte. El autor escribe con la intención de “rescatar” algo para la vida, pero los “personajes” “están” “hablando de muerte”. Indudablemente, hay dos mundos muy claramente establecidos que se encuentran únicamente en esta novela. El espacio literario es un universo totalmente distinto al espacio “real” de los seres humanos que protagonizaron esta historia, por lo tanto, el autor ha tenido dos tipos de contacto con la materia prima de su trabajo literario. Con los seres humanos en la “historia real” y con los personajes en la “ficción”.

El autor conoce las calles y las esquinas en donde anduvieron los personajes, ha caminado por esas mismas calles sin llegar a ser personaje, o tal vez sí. Tal vez el autor se ha aprovechado de los rasgos de uno de sus personajes para transmutarse y contarnos su experiencia, su propia vida. Tal vez ha usurpado escenas, capítulos enteros y ha desatado una catarsis en la que podremos encontrar sus rasgos dispersos a lo largo de la trama. Él no importa. Tampoco ha inventado un pueblo. El pueblo ya existe, la comunidad sobrevive en la ciudad de San Pedro Sula, en lo que se conoce como La Laguna. Lo valioso entonces, radica en la muestra de una pulsación de la vida, un latido en la historia recogido por la literatura.

No importa el pueblo, no importa la historia, de todo esto no se salvará ninguna intención social, sólo quedará lo que resista el ojo atento del artista, sólo lo que de literatura valga. Por tanto, esta novela viene a ser un intento por rescatar literariamente un momento de crisis social en la que más de siete mil jóvenes hondureños murieron asesinados en batallas fratricidas. Pero sólo es un pequeño cuadro narrado por un escritor que tuvo la oportunidad de sumergirse en el mundo de una desaparecida organización conocida como Generación X de la que jamás se habla en el libro. ¿Quiénes son, entonces, los personajes?
Hay que sumergirse en este lugar conocido como El mundo es un puñado de polvo para observar cuál es el rumbo que tomaron en ese espacio finito que se llama novela.

PRESENTARAN NOVELA "EL MUNDO ES UN PUÑADO DE POLVO"

Una novedosa obra literaria que descubre el soterrado mundo de los jóvenes hondureños se prepara para ver la luz pública: EL MUNDO ES UN PUÑADO DE POLVO, del autor hondureño Jorge Martínez Mejía. Con un estilo muy personal, la novela recrea los escenarios estigmatizados de las maras y pandillas en Honduras, ahora convertidos en oscuros sepulcros, útiles únicamente para la hipocresía del Estado. Un auténtico trasfondo de lealtad, dolor y desesperanza, nos permite ingresar al verdadero mundo de las masacradas tribus urbanas del siglo XXI.


Una verdadera novedad en las letras de Honduras, según Sara Rolla, respetada crítica literaria.