Por: Giovanni Rodríguez
Eso que suele decirse de que Honduras es un país de novela sin novelistas parece haber empezado a cambiar. La novela “ ¡Esto es la mara jomitos!” de Jorge Martínez Mejía, de la que a continuación presentamos dos capítulos, aborda el tema de las “maras” en Honduras desde la perspectiva de unos muchachos que están en el centro de ese mundo lleno de violencia y miedo. Publicada recientemente por la editorial Grado Cero, esta novela propone una lectura diferente acerca de este grupo social.
EL ASALTO
El asalto lo hice en una joyería. Sólo estaba una señora, ya vieja la ruca, y un niño como de cuatro años. Íbamos tres bróderes, todos tranquilos y tumbados los tres bróderes.
Acababan de abrir el negocio, una casa de empeños. Los bróderes sabían que la ruca tenía plata, pues, ya la habían guachado a la ruca, aunque los bróderes decían que la ruca casi no salía, pero que sí tenía plata. Sólo dejamos pasar un poquito el tiempo y entramos con el pase de comprar un fresco, pero ya sabíamos a qué íbamos.
La ruca no quiso soltar las cosas de entrada. Cuando sacamos los mazos sólo era cagazón, pero juraba que no tenía nada. El Payaso y los bróderes se quedaron con ella y yo me metí adentro del cuarto grande. Ahí fue que vi al cholito envuelto en unas cobijas y lo agarré y se lo llevé a la vieja para que soltara las prendas.
Entonces le metí la pistola en la boca al güirro y la ruca cagada, llorando, ¡Aquí no hay nada! –Decía-, pero güevos, los bróderes no se equivocaban. Entonces tiramos a la ruca al suelo y un broder le tuvo que poner el mazo en la cabeza para que se calmara. Hicimos el cateo: Diez libras de oro, seis mil bolas en billetes de quinientos, cuatro pistolas y otras pendejadas que nos metimos en las bolsas.
Afuera nos esperaba un carro que los bróderes habían dicho que lleváramos, era un carro blanco, turismito el carrito, bien bélico con una bazuca de ocho pulgadas, niquelada la bazuca y unos pijas de parlantes que le zumbaban. Nos fuimos con los bróderes cuando se nos atravesó un carro.
El Payaso se bajó del carro y les hizo varios pijazos, entonces yo me saqué el mazo que llevaba, me salí del carro y me fui directo para el carro que nos atravesaron y les descargué todo el cargador, los rusié a tiros, volaron los pedazos del vidrio.
Yo no sé si esos bróderes que iban en el carro murieron, yo sólo les descargué la pistola y nos fuimos. Antes, los otros dos vatos se habían ido y cuando escucharon los tiros creyeron que era a nosotros que nos habían tiroteado. Íbamos alegres porque íbamos minados con las cuatro pistolas y las diez libras de oro. La onda fue en Río Lindo.
Los vatos de la pandilla tenían ese trance, pero ellos no lo podían hacer porque la gente los conocía, por eso nos llamaron para que nosotros les hiciéramos el paro, por eso los bróderes nos pidieron a nosotros que fuéramos. La mitad para la pandilla y la mitad para nosotros.
A cada uno nos dieron diez mil bolas y un arma y anduvimos tirando barrio un buen rato en Cabañas porque con esos bróderes ya sabíamos que todo paro nos traía buena onda. El güirrito que te digo ni se despertó, dormido se quedó, a saber con qué putas estaba soñando, pero la ruca sí estaba cagada.
EL CUERPO
El cuerpo sin vida del Payaso, al igual que cientos de cuerpos de jóvenes durante estos años, estaba tirado en la calle. Similar a otro muerto. Ninguna inquietud despertó en nadie. Estuvo tirado cerca de un charco en el extremo oeste de la colonia Rivera, en la vuelta de la calle principal, cerca de la escuela. Algunos niños que regresaban de la escuela miraban el cadáver del Payaso sin darle ninguna importancia, pasaban de lado, apenas viendo de reojo.
Cerca de treinta minutos muerto y nadie venía a tirar una lágrima ni a preguntar nada. Tenía aproximadamente unos veinticuatro años, de tez trigueña y quizás entre un metro con sesenta y cuatro centímetros de estatura. Uno de los zapatos estaba cerca de la cabeza detrás de la cual se miraba una mancha oscura de sangre.
El dorso del cuerpo estaba semidesnudo y de la tetilla manaba un grueso hilo de sangre empozado por la parte baja del pecho. El reloj de plástico aún estaba en el puño marcando un tiempo perdido, siguiendo un curso impreciso pero inexorable.
Algunos gritos se oían, quizás venían desde el billar en donde en innumerables ocasiones el Payaso, vivo aún, jugaba deleitando a sus aleros con sus ocurrencias. Las mismas calles calladas y ciegas que lo vieron llegar hacía diez años ahora lo despedían de la misma manera, sin mirarlo y sin decirle ni una sola palabra. Ninguna señal, ningún extraño vecino quiso complicarse la vida preguntando nada sobre aquel cadáver.
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Jorge Martínez Mejía (Las Vegas, Santa Bárbara, 1964) dirige la editorial Grado Cero y edita la revista Metáfora. Ha publicado los libros de poesía “Papiro” (2004) y “Las causas perdidas” (2010). “ ¡Esto es la mara jomitos!” es su primera novela.